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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Los desoxigenados. Final.


Entonces el silencio pareció trasladarse y el desoxigenado levantó ligeramente la mirada yéndose a encontrar con la mía, que se había percatado ya del movimiento de mi compañero y permanecía alerta y expectante a lo que habría de venir.


En aquel tiempo la melodía del mensaje que transmitía mi orador se tornó en un concierto de notas mucho más penetrante y conmovedor que permitieron el acceso a mi entendimiento:
- Los seres de la superficie tienen respuestas para todo. Las buscan en las formas que los rodean. De la caída de una manzana nacida de un árbol concretan que existe una fuerza invisible que hace que todos los cuerpos permanezcan en una determinada posición con respecto de su superficie. Pero a nosotros esta respuesta no nos parece viable en relación con nuestra posición tocante a la superficie. Aquí abajo, dicha manzana no ascendería en busca del suelo mojado sobre el que andan los oxigenados, descendería a un lugar sobre la arena donde poseería miles de formas y colores según el destello que le concedieran las aguas. Para ellos es un simple producto coloreado de un color concreto e inconfundible, para nosotros, una realidad multiforme y variable de colores. Aquí en el fondo es un objeto subjetivo inexistente sin nuestro conocimiento. Ellos hallan las respuestas en sus instintos, en las ruidosas ondas sonoras que penetran por sus oídos, en su vista invisible dirigida a la materia que les rodea y que ellos mismos son, en los objetos palpables de un solo tacto… incluso escurren las respuestas de la interpretación de aquello que desconocen. Nosotros, en lo vinculado a la condición que nos une a ellos, como ya te he relatado antes, emergimos a su mundo para intentar hacer nuestras sus ideas, pero no hallamos nada de lo que ellos llaman concreto para poder dar respuesta a nuestra realidad subjetiva. Llegado a este punto del océano parece que has de ser tú mismo el que responda sobre tu propio ser y sobre su enfoque de la realidad acuosa en la que moras, rodeado de aguas movedizas, mientras ellos viven su existencia allá arriba, aún reconfortados cuando el sol les ciega la vista y sólo les deja ver un resquicio de su individualizada esencia, privándoles de observarse los unos a los otros más allá de como simples materias. Puede que ni siquiera pudiesen reconocerse colocados frente a un espejo, acusarían al sol de ser la causa de la visión borrosa sobre sí mismos y desgarrarían su insoportable soledad e hiriente silencio alzando la voz y huyendo de la contemplación de su turbio reflejo.

Tú emprendiste un camino, como antes lo hemos hecho otros conforme a esa naturaleza que teje un tenue hilo de expresiva caricia, la cual te une a ellos. No obstante, tú, muchacho, como nosotros los desoxigenados, te encontrarías en otro tiempo en la superficie acuosa que ahora te cuesta tanto soportar y que va alterando el aspecto con el cual fuiste traído del mundo de arriba, cada vez que tomas posesión de tu forma material directamente bajo el sol. Probablemente en aquellos momentos confusos en el exterior te encontraste solo frente a aquel espejo de suelo mojado y cristalino y cerraste los ojos para dilucidar tu ser con más claridad y que los rayos del sol no te deslumbrasen ni absorbieran tu silencio con un alarido de dolor por las llagas que causaban en tu piel. Entonces tu reflejo apareció tan transparente que te fundiste con él y viniste a parar aquí abajo, encontrándote con las aguas que en ti moran y con tu propio pensamiento, en el cual moras y al mismo tiempo reconoces como esencia de tu ser; pudiendo así contemplar el exterior, siendo el reflejo transparente de un espejo y esperando que alguno de los moradores de la superficie pase a lo profundo de éste y de esta manera poder contemplar también su esencia, sin que ésta se encuentre ya invertida por aquella realidad concreta sobre la que se divisan ellos mismos, tasando su significado en la ausencia de soledad y en la resonancia de su voz en los demás-.

Aquellos signos musicales que el desoxigenado me transmitía haciéndome partícipe de su sabiduría no rozaron mis oídos. Aquella comprensión de lo que mi compañero me brindaba me era descubierta por medio de un palpitar interior que, al unísono, mis ojos traducían de su mirada limpia y esclarecedora, la cual había puesto fin a mi búsqueda vacilante a través de mí mismo.

Simultáneamente me encontré de nuevo en el lugar desde el cual había comenzado mi andadura bajo las aguas, pero esta vez la serenidad de mi transparencia clarificaba mi ser, haciéndolo sentir uno con todo aquello que lo acompañaba en su yacimiento, reposando en mí mismo.

Y… ¿El desoxigenado? ¿La ciudad de coral? ¿Existieron aquí abajo? Quizás volví a perderme en este fondo salino. Puede que comenzara a divagar entre las aguas de mi pensamiento y creara todo un universo marino al preguntarme sobre el lugar que ocupa el cielo con respecto a la tierra, el lugar que ocupo yo con respecto a los demás seres existentes, el lugar que ocupo yo en relación conmigo mismo.

FIN 


Escribí este texto allá por el año 2001. Tenía aproximadamente 20 añitos. No me parece un muy buen relato. Es una especie de cuentecillo existencial demasiado explícito, o al menos lo es para mí. Pero no sé porqué razón me gusta. Imagino que me hace recordar un momento determinado de mi vida que en cierta forma para mí fue crucial. Para mi forma de ser. Pues la pregunta final y que para mi gusto se encuentra demasiado expuesta en este texto es: ¿por qué soy como soy?- Una buena pregunta para una chica de 20 años. Y una respuesta totalmente personal de cada cual. El texto no revela nada nuevo y me parece que tampoco lo pretende.  Creo que tan sólo intenta que el lector pase un buen rato utilizando una parte de su imaginación mucho más metafórica que las demás, esa parte del cerebro que conecta directamente con nuestras emociones personales. Al menos eso creo yo.

Ya no tengo una mente de 20 años, pero creo recordar bastante bien lo que pasaba por ella porque esos pensamientos fueron el andamiaje que sustenta lo que soy y pienso ahora. Así que tengo que darle las gracias a este texto, porque en su momento me brindó la ocasión de retratar parte de mis pensamientos en una hoja, algo que no solía ni  aún hoy suelo hacer facilmente. Siempre he tenido la sensación de necesitar construir un puente con el mundo para poder entrar y salir de mí y tener contacto con él  cuando me plazca, sin necesidad de elegir un lugar concreto en el que vivir, sino pudiendo vivir en ambos lados. El día que fue escrito este relato, aunque corto y con una pequeñísima parte de mis pensamientos me sirvió de puente para alcanzar a poner los pies al otro lado del abismo, en tierra firme, junto a los demás. Y aún hoy piso sobre la misma tierra a la que llegué aquel día.Aunque he de confesar que todavía tengo un pie puesto en el puente que me ha llevado hasta aquí. La otra parte tira de mí con demasiada insistencia y hace que viva las cosas, en la mayoría de las ocasiones, como el que observa desde lejos y no siempre consigue entender qué es lo que ocurre fuera. 

En fin, que once o doce años parece mucho tiempo pero cuando se vuelve a recordar cómo se sentía uno, entonces parece que no ha pasado tanto tiempo. Algo de repente te embriaga y te hace sentir de nuevo en el abismo en el que una vez te encontraste y del que nunca se está demasiado lejos.

Dado que esta entrada puede convertirse en un bucle voy a dejar de escribir. Tan sólo espero que si alguien ha leído el relato entero, al menos, haya pasado un buen rato.
 

viernes, 1 de noviembre de 2013

Lo desoxigenados 4ª parte



- ¡Calma! ¡Cálmate muchacho! Aunque ese no sea tu nombre te pareces mucho a esos que así se llaman entre ellos, así que yo me dirigiré a ti con este nombre, muchacho. – El desoxigenado, como él mismo se hacía llamar, se alejó unos pasos y ya, en una actitud completamente relajada se volvió a sentar en el escalón coralino donde yo lo había encontrado antes de que estallase aquella tremenda tormenta de desorden entre los dos. – Bien, muchacho, ¿con que no tienes nombre?...ya veo, ya… También parece que nunca antes de este momento habías articulado palabra alguna, pero lo que sí está claro es que las conoces. Y si por aquí no te conoce nadie, ni nunca antes habíamos oído hablar de ti quiere decir que has tenido contacto con los de arriba, has aprendido a comprender su lenguaje a base de escucharles hablar. Supongo que esto se lleva en la sangre… nosotros y los que fueron antes de nosotros también fueron enseñados a comunicarse entre sí con esta fórmula, sin embargo no es la más usual por aquí abajo, ya que, en la mayoría de los casos, resulta demasiado ruidosa y los paralogismos que produce crean bastante confusión. Pero en lo referente a mí puedes seguir utilizándola sin ningún reparo, no me parece tan estridente como los viejos desoxigenados se empeñan en hacerla parecer, al contrario, creo que en el fondo me gusta, supongo que porque me recuerda al aspecto que tomaba cuando subía al exterior, mi aspecto… - repitió en un tono melancólico - ¡qué bello era yo…! ¿Y ahora? ¡Mírame! Un harapiento despojo de ideas inútiles, utópicas, y hasta probablemente absurdas. – El desoxigenado bajó la mirada como entristecido tras parecer haberse reconocido en aquellas duras descalificaciones sobre su persona -.

Yo me quedé mirándolo, conmovido por aquel sentimiento de desesperación que había anidado en él. Sentí la necesidad de ayudarle, de arrebatarle aquella dolorosa tristeza, así que me lancé hacia él agarrándolo por los brazos y comencé a zarandearlo, a un lado, al otro, hacia arriba, hacia abajo… Él, desconcertado, se dejaba agitar como si fuese el muñeco de un titiritero. Hasta que recobrando súbitamente la tensión de sus brazos soltó mis manos de éstos en un brusco movimiento.

- ¿Pero qué haces? ¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes desarmarme en pedazos?

-  Lo siento, yo sólo pretendía evitar que desaparecieses –dije yo remontando mi memoria hacia el momento en el que, durante mi andadura bajo las aguas, me había invadido aquel sentimiento angustioso al encontrarme completamente perdido ante aquella inmensidad salada. – Sólo intentaba que el remolino de agua no se lo tragase. ¡Muévase! ¡Ya lo verá! – El desoxigenado me miraba con el gesto enrarecido, como si lo que estuviese presenciando fuese la escena más estrafalaria que hubiese visto en su vida, pero mi enfervorizada entrega a mi exposición hacía que hiciese caso omiso al gesto de extrañeza de mi compañero, prosiguiendo como si nada ocurriese: - Cuando soy consciente de que mis brazos y mis piernas forman realmente parte de mí, y de que puedo usarlos a mi antojo, consigo rescatarme a mí mismo de las garras de ese insistente embudo que se empeña en tragarme para cada vez hacerme más diminuto y tasar mi valor en un par de ostras rancias. Luego lo observo, ya sin ser cautivo de sus desconcertantes circunferencias, ¡qué imponente y poderoso fenómeno parece! Mas ahora, su centro de halla vacío, yo podría poner precio entonces a su valor y ya no ejercería ninguna clase de poder sobre mí. ¿No le parece algo verdaderamente curioso? –

La criatura parecía haber abandonado la oscuridad que le había invadido durante unos minutos. Se hallaba hechizada, siguiendo los exagerados motivos que acompañaban a mi enfatizado discurso, escudriñando detenidamente mi esencia a través del juego laberíntico de mis palabras; y, como extenuado tras su vertiginoso escrutinio, cambió la expresión de su rostro ex profeso para comunicarme el desenlace de su cavilosa operación:

- Verdaderamente eres un ser bastante curioso. Un expósito escueto con respecto a la desconcertante solana de la superficie, esculpido por tu mismo resuello, y por lo que estoy percibiendo andas un tanto despistado por los parajes de esta esfera flotante. Yo creo poseer ya suficiente abolengo como para percatarme de estas cosas, y supongo que no iré desatinado en el camino que me lleva a tener la osadía de vaticinar que andas buceando por estos lugares con algún que otro propósito. Sí, ciertamente hoy en día todo el mundo anda buscando algo… Pero lo que me sorprende es que lo vengas buscando por aquí abajo, los demás solemos hacerlo fuera, allá arriba, en la superficie; no podemos desteñir el mar. Aquí abajo no es todo blanco o negro, sino permanentemente incoloro. – Entonces el desoxigenado desterró su aflicción de un suspiro y prosiguió relatando: - Allá arriba suponen tener respuestas para todo lo que les rodea pero nadie es capaz de ofrecernos ni tan siquiera una que nos sirva a nosotros para hallar el motivo de por qué no es igual nuestro mundo subterráneo que el suyo.

Cuando alguno de nosotros asciende al exterior en busca de respuestas éstas acaban diluyéndose en el agua conforme nuestro compañero va adentrándose en la profundidad de éste, nuestro cosmos salino, para hacérnoslas conocer. Y no acaba trayendo más que unas humedecidas manos vacías y un cuerpo miniaturizado, obsoleto y tristemente desamparado.

Allá arriba cuentan con muchas respuestas sobre cómo y por qué ellos y su mundo son como son. Unos hablan de un ser sobrenatural que ordenadamente los repartió a lo largo y ancho de la superficie plana, dotándoles con un libro de instrucciones en el que se dilucidaba su verdad sobre ellos y todas las cosas existentes a su alrededor. Incluso se indicaba cómo habían de hacer para vivir felizmente ateniéndose a su realidad y, para cuando sus vidas se consumieran, se los invitaba a su casa donde, según las palabras plasmadas en el libro, serían felices por toda la eternidad. – Yo me encontraba ya sentado en una relajada postura junto a mi interesante cómplice de charla, pero todos los músculos de mi cuerpo sentían la tirantez que les transmitía mi desenfrenada curiosidad; mi tensión era tal que no me creía capacitado como para asimilar el significado del contenido de todas las palabras que salían del individuo que tenía sentado a mi lado. Lo que éste me estaba contando me parecía algo tan confuso y misterioso que no acertaba a dar con una idea en mi mente que concordara con ese maravilloso ser del que me estaba hablando. Pero aun así seguía prestando toda mi atención a su oratoria, cuando éste ya había adoptado un semblante solemne y a la vez de preocupada consternación al disponerse a proseguirla:

- No puedo expandirme más en este fabuloso hallazgo de un ser creador pues todo lo que fue recopilado por nuestro intrépido mensajero se fundió con el mar y no llegó a nuestro conocimiento. Sin embargo, este hecho no nos importó demasiado en aquel instante. Cuando nuestro camarada nos informó de la respuesta que daban los seres de la superficie al cómo y el porqué de su existencia nosotros creímos entrever también una respuesta al cómo y el porqué de la nuestra. Sólo debíamos de ir en busca de aquel ser grandioso y exponerle nuestra inquietud. ¡Él nos brindará la respuestas que buscamos!, pensamos, pero fuimos presas de un equívoco. Ascendimos a la superficie en busca del descifrador de la realidad, y fuimos preguntando, uno por uno, a todos los seres de la superficie por el paradero de este gran personaje, y nos aconteció algo increíble: nadie sabía dónde moraba aquel ser extraordinario del que nosotros habíamos tenido noticias. Nadie lo había visto jamás, algunos ni siquiera conocían las instrucciones de su libro, ni habían intentado hallarlo, ¿Cómo podía ser cierto aquello? Aquel ser  les había prometido indicarles el camino a la verdad, incluso les prometía acogerles en su casa cuando su percepción del mundo desapareciese; y parecía no importarles en absoluto. Es más, uno de ellos nos dijo que éste moraba en su interior. Nosotros entonces lo despojamos enfervorizadamente de sus ropas, pero allí no estaba. Tan sólo hallamos una gran masa de carne y hueso moldeada esculturalmente, según él, por aquél al que ansiosamente buscábamos. Le consultamos acerca del libro de instrucciones y para nuestra sorpresa nos respondió que a él no le hacía falta dicho libro; que él se comunicaba directamente con el ser omnipotente por medio de algo a lo que llamaban alma. Pero nosotros, deseosos de entablar con aquél, al cual ellos reconocían como su creador, le registramos palmo a palmo, mas tampoco encontramos el menor atisbo de algo que le posibilitase comunicarse con aquel ser con el que afirmaba hacerlo. No hallamos el menor indicio de que realmente tuviera en su poder alguna clase de caracola desconocida para nosotros, la cual pudiese hacer eco de las palabras del ser especial sobre el que indagábamos.

Y con una pesadísima decepción y los síntomas característicos de quién pasa un cierto tiempo en el exterior; nos volvimos a sumergir en las aguas, cargando con la frustración que conllevaba el fracaso de nuestra anhelante expedición en busca del perfume de nuestra realidad.

Aún perdura entre nosotros la desilusión de aquellas respuestas enmarañadas que nos fueron dadas por oxigenados pero, a pesar de todo, algunos se han acogido a ellas dotándoles de otro significado. Éstos reconocen a aquel al cual los oxigenados llaman creador como un inescrutable y espinoso sentimiento de infinito desconcierto que denominan Poseidón. Él es aquel ser creador que aparece en los libros del orbe exterior y que creen hacedor, dueño y señor del océano. Nosotros no lo registramos como tal, sino como el concepto sonoro que abarca la sensación de incertidumbre acerca de la existencia  de este submundo acuático y que perpetuamente sigue abatiendo nuestras entrañas y nuestro ser irresoluto-.

El ser parecía haber concluido su discurso. Bajó la cabeza en un ademán de obligada fatiga interior y dejó caer los brazos que hacía un instante habían bailoteado nerviosos y excitados, gesticulando al son de sus palabras, y guardó el silencio dentro de sí mismo; Así como si se descompusiera en miles de partículas y se fundiera con la calma y la manta de quietud que en lo profundo nos resguardaba de la perturbación de la batahola exterior.

Por un momento los dos fuimos silencio. Permanecimos concentrados, degustándolo, como si no estuviésemos sentados allí el uno junto al otro; como si lo único que existiese fuese el sonido embriagador, en el cual nada se escucha. Aquel que apacigua las emociones y no reconoce la naturaleza que a su alrededor se altera; ni los objetos, que permanecen intactos, callados, perdidos en la lejanía de un lugar extraño, con cuerpo y forma para siempre, pero tímidos, vacíos, esperando ser deseados por los seres tasadores de valores, que parecen infundirles vida cuando los acogen entre sus brazos de fugaz carne perecedera y simulan aspirar su última brizna de aire de un beso dado a aquellas cosas que nunca poseyeron labios para poder ser besadas.
 

martes, 29 de octubre de 2013

Los desoxigenados: 3ª parte



Al despertar mis ojos se desbordaron de un sobresalto. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba tan cerca de mí? Frente a mi vista soñolienta se encontraban unos enormes ojos escrutadores que me examinaban asombrados. Yo, de un atemorizador suspiro, me incorporé y me encaramé sobre una de las rocas que protegían mi descanso con un tremendo escalofrío en el corazón y presa de un pánico sobrecogedor. Aquel ser extraño me miraba atónito con sus omnipotentes ojos clavados en mí, como habiendo tragado mi miedo, y perplejo ante la contemplación de mi expresión de aterrada confusión. Repentinamente se llevó las manos a la cabeza y echó a correr por encima de la arena levantando una gran niebla polvorienta a su paso. Yo, acto seguido, salté súbitamente de la roca a la que me había encaramado y me lancé tras él, en una nebulosa persecución sobre la arena batiéndome a empujones contra las aguas que ejercían de barrera a mi carrera. Cuando presentí  que llevaba ya mucho tiempo corriendo sin ni siquiera saber hacia dónde se había dirigido aquel ser cesé mi persecución y me detuve, todavía cegado por el ambiente arenoso que teñía las aguas. Conforme la arena se iba hundiendo hasta juntarse con el suelo mis ojos iban reconociendo las formas que se alzaban frente a ellos. Poco a poco iban divisando las retorcidas figuras que surgían de la planicie, figuras trazadas para ser admiradas desde todos los ángulos, con una imponente simetría, su nitidez y su blanca transparencia hacía que las aguas se miraran en sus paredes de coral, que eran como relucientes espejos en los cuales no se podría reflejar sino la belleza, ignorando todo lo que no respondiese a ésta y tornándolo bello y de una conmovedora pureza. La sinfonía del ocre de la arena, el verde primoroso de las algas que bailoteaban movidas por el compás que marcaban las aguas, y la variedad de reflejos que aparecían y desaparecían en aquellos espejos de coral, colmaban los ojos de destellos vítreos y aplacaban la más profunda ansiedad de belleza que puede abatir a un alma. La altura, el volumen, la multiplicidad de ángulos, de lados, de formas… Algunas figuras se alzaban en forma de espiral, otras dibujaban esculturales siluetas de líneas redondeadas, cuerpos esbeltos, gruesos bloques geométricos dispuestos en una envolvente armonía visual que parecía cobrar vida y respirar a través de su resplandor. Cautivado por la absorbente música que despedía aquella orquesta de formas y colores no presté atención a aquellos ojos azules que se fundían con las aguas y me observaban con atención desde un escalón coralino situado a apenas veinte pasos de mí. Ahora lo veía de otra manera, no parecía la misma criatura que instantes antes me había hecho estremecer y huir espantado. Allí sentado, en una actitud relajada y meramente contemplativa, daba la impresión de formar parte de aquel paisaje, ya que éste irradiaba aquella misma actitud. Decididamente el desconocido se levantó de un brinco y se colocó frente a mí, ocultando a mi vista el maravilloso cuadro de formas y colores, y ofreciéndome la visión de un ser de desproporcionados ojos saltones, una chatuda nariz y unas enormes orejas alargadas.

- ¿De dónde has salido? Nunca antes había visto una criatura con orejas tan diminutas como las tuyas, y menos aún con unas reacciones tan absurdamente dantescas – el ser se acercó más a mí y me escudriñó con su olfato, como queriendo sonsacarle al olor que mi cuerpo despedía mi identidad. Finalmente dio un paso atrás y mirándome fijamente a los ojos preguntó: - ¿Quién eres tú?

Mi cuerpo se encontraba como petrificado, aquella visión de un ser queriendo encontrar algún significado en mí me produjo tal nerviosismo que, mientras que en mi cabeza las palabras se peleaban unas con otras para salir al exterior sin saber en qué orden ponerse, mi cuerpo yacía inmóvil frente a aquella criatura que podía ser la que había estado intentando encontrar desde que inicié mi sufrido viaje en busca de algunas respuestas.

- ¿No tienes nombre o es que no quieres decírmelo? De repente el ser se volvió hacia mí irritado, en un estado entre la indignación y la rabia, haciendo violentos aspavientos con las manos y como empujando desde el interior de su cabeza a sus ojos para que se le salieran aún más de sus órbitas, en el espeluznante caso de que esto pudiese llegar a ser posible.

- ¡Oh, no! ¡No puedo creer que haya ocurrido! Mira que se lo advertí a los otros: No subáis a la superficie, es peligroso, ¿y si un día, os abrasara el sol? O lo que es peor, ¿y si uno de ellos, de los que viven allá arriba tropezase a raíz de vuestras apariciones y llegase a parar aquí abajo, ¡ciego, sordo, mudo! Así se quedaría. En el supuesto caso de que no se rompiese la crisma al caer… y entonces… - el ser se arrojó al suelo en un gesto de abatimiento, y exhausto tras aquel excitado discurso. Parecía haberse desinflado, había expulsado todo el aire que le quedaba de una sola y agitado bocanada, y ahora, consternado, permanecía inmóvil, con todo su cuerpo pegado al suelo y la cara hundida en la arena. - ¿Y entonces? – pregunté yo con el ánimo de hacerlo revivir.

Arrebatadamente la criatura volvió a hincharse de un salto y me sonrió mirándome de soslayo, a lo que le siguió una violenta carcajada esperpéntica. Su cuerpo comenzó a moverse compulsivamente y empezó a dar grandes saltos, bailando de un lado para otro completamente descontrolado como un poseso. Luego se arrodilló frente a mí y en una deplorable actitud de súplica me habló emocionado: - ¡Gracias a Poseidón! Yo no podía creerlo, no, no podía ser cierto… ¡Gracias, gracias, cualesquiera que sean tus nombres! ¡Gracias al todopoderoso Tritón! – Yo estaba perplejo, sobrecogido ante aquella conmocionante escena. La criatura todavía se encontraba postrada frente a mí, con la cabeza gacha y sosteniendo sus huesudas manos en un acto de desmesurado fervor. Entonces unos desconocidos sonidos cobraron intensidad en mi memoria, y en un intento por hacer vibrar mi garganta repetí: - ¿Y entonces? – Nunca antes había escuchado aquel aire vibrante salir de mis labios, yo los movía y aquel sonido provenía de algún recóndito lugar de mi garganta, ¡era fantástico!, repetí las mismas palabras, una, dos, tres veces, cada vez iban adquiriendo más fuerza, sonaban con más rotundidad. Y en el momento en el que mi ego había alcanzado su máximo apogeo noté la estupefacta mirada de aquel ser que me observaba con sus pasmados ojos saltones incrustados en mi exclamativo rostro exaltado, desde medio metro más abajo de éste. Yo, volviendo de repente de mi sorprendente descubrimiento di un paso hacia atrás extrañado por la expresión de la anonadada criatura. Sus ojos boquiabiertos encerraban a los míos un desconocido conocimiento y un absoluto desconcierto sobre todo lo que se refería a mi actuación dialéctica de hacía tan sólo unos segundos.

El ser se incorporó, irguiéndose y adoptando la posición de un ánfora, haciendo crecer su cuello unos escasos centímetros y apoyando sus manos en los huesos sobresalientes de sus caderas.

- No pareces uno de nosotros, tu cuerpo parece mucho más mullido que el nuestro y tus ojos más claros y escondidos que los de la mayoría de por aquí. ¿A qué has venido? ¿Qué andas buscando? ¡Gracias a Poseidón! Por un momento había pensado que eras… En fin, ya me he dado cuenta de que no eres uno de los oxigenados, entonces ¿qué eres? Y esta vez te agradecería que no repitieses las mismas palabras de tu contestación una y otra vez. Los desoxigenados como yo tenemos una gran percepción auditiva, como puedes apreciar por mis orejas, aunque me temo que las tuyas dejan mucho que desear…

- Yo soy…- Mi respuesta se detuvo. Yo era un… ¿qué era yo? De pronto comencé a exasperarme en un sentimiento frustrado por encontrar el nombre apropiado que diese significado a mi entidad. No daba crédito a mi confusión. Empecé a titubear nerviosamente, intentando hallar una sílaba que me diese pie para pronunciar el término al que yo, supuestamente pertenecía: - So…soy…un…ti, ti…un…pe, pe - ¿Qué estaba ocurriendo en mi garganta? Yo era algo, pero ¿qué?; ¿Por qué no surgía aquella palabra como lo habían hecho todas las demás? Absorto en mi angustiosa cavilación las palabras del ser que permanecía atento y vigilante a mi expresión de confusión penetraron en mí apaciguando mis dudas, aún indeterminadas.
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