martes, 19 de abril de 2011

Me sentí como Spiderman cuando..

... una mañana me levanté de la cama y descubrí que estaba unida por un fino hilo de lana negra que me salía del esternón a la mesa camilla del vecino de enfrente. La enrejada telaraña se había abierto paso a través del tendero comunitario del edificio y había construido una tremenda fortaleza en la terraza. Me asomé por la ventana, intentando hacerme un hueco entre los hilos que me tenían presa y lo vi, mis vecinos estaban colgando boca abajo cogidos de los pies por el laberíntico hilo arácnido que había ido surgiendo de mi esternón. Escuchaba los jugos gástricos de sus estómagos, que retumbaban en mis oídos como enormes cataratas, era de esperar, mi sentido arácnido había entrado en escena. Entonces me restregué los ojos con las manos para comprobar que estaba realmente despierta ante tal horrible espectáculo y de pronto sentí como las cuencas de mis ojos pretendían salírseme de sus órbitas. Mis manos estaban llenas de ventosas gelatinosas que a punto estuvieron de sacarme los ojos. Con cuidado despegué mis manos aventosadas de mis ojos y la bombilla de la mesa camilla del cuarto del vecino de enfrente se encendió de repente, había tenido una idea, conseguí dar con la acción que resolvería la actual situación caótica en la que se veía envuelto el vecindario y, por supuestísimo, sería nombrada la presidenta de la escalera, faltaría más... En fin, cogí el hilo que salía directamente de mi esternón y comencé a hacer un ovillo tal y como había visto de pequeña que hacía mi abuela antes de comenzar a tejer y comencé a enrollar el hilo arácnido en él, el ruido de los jugos gástricos de los vecinos iba en aumento, comenzaban a tener hambre, la terrible situación podía acabar en un desastre fatal, así que me apresuré a enredar lo más rápido que pude el hilo mientras que combatía ferozmente contra las ventosas de mis manos que impedían la rápida ejecución de mi trepidante hazaña heroica pero al final lo conseguí, cada vecino fue devuelto a su casa sano y salvo. Y fue así como fui proclamada la presidenta de la escalera tras mi heroica intervención de salvamento masivo.
Cuando miro atrás aún recuerdo aquel rugir de tripas que me dio fuerzas en todo momento para combatir contra el crimen desorganizado de mis sentidos arácnidos.
¡Buff! Esto de ser héroe tiene sus achaques...

miércoles, 13 de abril de 2011

Las luchas del rey del espejo

Las luchas entre las tierras del norte y las tierras del sur han comenzado. Hace ya tiempo que se veía venir una sangrienta y desgarradora lucha a pecho descubierto entre los dos reinos colindantes, separados ambos por una delgada línea de discontinuas oscilaciones que hacía imprecisa la determinación de una u otra frontera. Ambos reinos, gobernados a la par por el mismo rey poseían intereses en las tierras vecinas, así, cada vez que un caballo transfería la frontera del sur algo se desestabilizaba en las tierras del norte. El jinete que montaba aquel corcel se volvía entonces misterioso y oscuro, y todo el reino del norte se acongojaba ante su presencia, el miedo hacía que hirvieran las puertas de las casas y la tupida polvareda que iba levantando el jinete a su paso sembraba las calles de miedo y confusión, ya nada se veía más que desconcierto y desasosiego en el reino del norte mas, cuando era el reino del sur el que era presa del pánico solía ser por la misma razón, un jinete del norte había entrado en sus tierras y perturbado su tímido equilibrio.
Así pues, frente a aquel reino dividido de confusión el rey un día decidió revisar la frontera y se encontró con una delgada línea negra dibujada a ras de tierra – Bien - pensó – sólo hemos de levantar un muro entre los dos reinos y de esta forma la frontera estará bien definida, así ningún jinete del reino vecino cruzara a su antojo de una a otra tierra.- Dicho esto se agachó, inclinó sus rodillas y con una tiza negra en la mano se dispuso a delinear la frontera, pero de repente la línea negra que dividía a su aturdido pueblo comenzó a moverse dando azotes a uno y otro lado, se contorneaba como un frenético látigo irritado lanzando chasquidos a diestro y siniestro. El rey, despavorido dio un salto hacia atrás y en aquel momento el tremendo látigo que había revivido ante la pretensión del soberano de definirlo calmó sus arrebatos y volvió a fundirse con la arena. Entonces todo el reino, el del norte y el del sur cayeron en desgracia, los jinetes del sur traspasaban a su capricho la frontera, al igual que hacían los del norte. Todo el reino se sumió en un inmenso caos de desconcierto, se convirtió en un laberinto de oscuridad repleto de niebla y desorden. Las guerras se sucedieron una tras otra en las tierras del rey, y el inconsolable rey se refugió en su palacio aturdido y angustiado por la desventura de su reino que, por su causa, había desenvainado las espadas y se había adentrado en la oscuridad de la batalla derramando dolor por todos los confines de la tierra.
Mas sucedió que un día, mientras intentaba conciliar el sueño un sonido le alarmó, el tintineo de unas llaves llegó a sus oídos y se levantó presuroso para averiguar cual era su procedencia. Desmesurada fue su sorpresa cuando vio al final del pasillo, en su gran espejo, reflejada su persona, aunque aquella era muy diferente a cómo él se veía. Aquella imagen se mostraba alzada en su trono de oro, arrogante y presuntuosa, altiva y tan segura de sí que parecía estar tintineando las llaves de su propia preponderancia, como un secreto reservado a su única magnificencia. Entonces, el rey, temeroso, se acercó unos pasos al espejo y se colocó frente a él - ¿Quién eres? ¿A qué has venido?- clamó el rey con voz impenetrable. – ¿No me reconoces? – Replicó el reflejo con gesto burlón – Tú me mandaste llamar- El rey, consternado, absorbió una gran bocanada de aire agrandando su presencia, y volvió a preguntar: - ¿Quién osa no postrarse ante mi presencia? ¿Acaso te burlas del rey? Y en aquel momento el reflejo se desvaneció, el rey miró a uno y otro lado pero no halló a la silueta que minutos antes estaba frente a él en el espejo. Desanimado y confundido tras aquel increíble suceso, bajó la cabeza y se dispuso a dirigirse de nuevo a sus aposentos, pero ocurrió que en cuanto la espalda le fue dada al espejo volvió a sonar el tintineo de aquellas llaves que portaba la extraña silueta que se había mostrado ante él anteriormente. Entonces el rey dio media vuelta de nuevo y se halló de nuevo frente al reflejo que le sonreía maliciosamente, el rey, extenuado y falto de fuerzas por las penas que le aquejaban lo miró con gesto suplicante a lo que el reflejo contestó con una esperpéntica carcajada que se oyó retumbar por todos los inmensos pasillos del palacio: - ¿No sabes quién soy yo? – Repuso el espejo – Yo soy tu imagen, aquella separada por una fina frontera de tiza negra tan temblorosa e imprecisa como aquella que separa tu persona de aquella que quieres reflejar. ¿Acaso esperabas que esa persona del norte se fundiera en una sola línea con aquella que mora en el sur, aquella que guarda mi presencia y que me defiende frente a la debilidad del norte? ¿O más bien pretendiste separarte de mí, de aquello que te hace poder alzar la cabeza como un rey? ¿Creíste por un momento poder vivir sin imagen? ¿Sin nombre? ¿Sin los demás? Pues has de saber que estoy aquí, que la frontera que separa tu reflejo de tu más profundo recoveco ha de ser discontinua y ha de andar en zigzag, de ahí tu libertad, pero también has de saber que luchar por vivir en ti mismo, sin una mísera imagen para los demás no forma parte del esplendor y la garantía de un rey, en caso contrario tu reino se ceñirá en tinieblas, vendrán tempestuosas luchas y derramarás dolor. Ese será el precio que habrás de pagar por intentar abastecer tu reino por ti mismo y apartarte de los ojos de los demás en los que te reflejas, te disguste lo que ves o no porque sin ellos te sentirás tan perdido como lo está ahora tu pueblo, sin unos ojos en los que reflejarse, sin mirar más que el filo de la espada y un lugar en el que guarecerse hasta encontrarse en los ojos de sus enemigos, que no son más que ellos mismos.- Finalizado su discurso el espejo comenzó a desvanecerse y una imagen empezó a divisarse en el espejo. El rey, que permanecía atónito a la vez que conmovido por las palabras de aquella enigmática aparición, iba descubriendo cómo la niebla que había dejado tras de sí la silueta de aquel hombre que ahora desfallecía en el espejo, dejaba poco a poco entrever unos ojos cansados, una mirada triste y un cuerpo obsoleto, consumido por la soledad de unos enormes muros de piedra helada. Ese hombre, aquel que se encontraba en una tremenda soledad y en lucha consigo mismo por conservar su corona, su estandarte, su soberbia frente a los ojos ajenos, había emprendido una dura lucha con su soledad, la cual se negaba a dejar traspasar por nadie y la que al unísono le estaba haciendo cenizas. Aquel hombre se miró entonces detenidamente en el espejo y observó que tan poca riqueza podía ver en los ojos de su reflejo que habría de ir a buscar unos ojos que le mirasen con más dulzura, con más vida, unos ojos que le aportasen algo que no tenía, la mirada, el reino de otro ser.

lunes, 11 de abril de 2011

El banco del parque

Perfilando las últimas lloviznas de otoño la muchacha que se sentaba habitualmente en el banco más vistoso del parque se recogió el pelo haciéndose un vigoroso trenzado con la rama que había recogido del suelo caída de un abedul cercano. Todo el parque permanecía en silencio, más aún cuando los pájaros se escandalizaban por cualquier motivo y piaban más fuerte de lo normal, el ruido de los motores de los coches se oía de lejos, allá, en una carretera cercana que bordeaba ambos lados de la acera donde estaba situado el parque que yo observaba a través del cristal de mi ventana todos días.
Sucedió que un día, al ver llegar a la muchacha noté algo extraño en sus facciones, resplandecía excepcionalmente, pequeñas gotas de agua cristalizadas brillaban en sus mejillas que aquel día percibía pronunciadamente pálidas. Saqué entonces mi cabeza más descaradamente por la ventana intentando apreciar con más claridad su gesto pero aún así, desde mi desafortunada posición no pude divisar más que lo sombrío de su semblante. Me quedé mirándola durante largo tiempo como había hecho otras veces, pero esta vez no podía apartar mi atenta mirada de su expresión. Había momentos en los que dudaba si dormía o seguía despierta, sus ojos estaban nublados por una intensa niebla y no parecía estar mirando hacia ningún lugar en concreto. Me preguntaba dónde iría su pensamiento, tan lejos parecía estar del parque que me inquietaba la idea de que no supiese dónde se encontraba en ese preciso instante. Las palomas se acercaron a sus pies esperando recibir la ración diaria de pan que les proporcionaba cada día pero aquel día ella no las vio, a pesar de que éstas le propinaban puntiagudos picotazos en las piernas para que se diese cuenta de su presencia. La muchacha parecía haberse quedado congelada pese al sol primaveral que comenzaba a asomarse entre las nubes de un pasado otoñal, las gotas cristalinas que envolvían sus mejillas la habían congelado. Las palomas cesaron en sus súplicas y abandonaron los pies del banco en el que ella se hallaba. Mas, ella no se inmutó en lo más mínimo, seguía allí sentada, envuelta en una insondable bruma y petrificada como una figura de hielo cristalizado. Con el fin del día llegó la noche y ella seguía allí sentada, absorta, inmóvil. Al despuntar el día no la vi moverse y pasadas las semanas las palomas ya habían marchado en busca de su sustento a otro lugar. Su cuerpo se deterioraba con el paso del tiempo, cada vez ocupaba menos espacio en el banco pero su semblante seguía siendo el mismo. Un día me asomé por la ventana y miré hacia su banco, seguía allí, al igual que una estatua, pero algo había cambiado, esta vez sí estaba seguro, se había quedado dormida, ya no había niebla en sus ojos, me di cuenta de que su cuerpo estaba completamente rígido y que había adquirido un ligero color grisáceo. La gente pasaba y se quedaba admirando aquel maniquí de piedra cuya presencia anteriormente les había pasado desapercibida. Todos contemplaban aquella estatua de piedra apoyada sobre el banco durante unos segundos y se preguntaban quién había tenido la insolencia de colocar una estatua tan triste en un lugar destinado a ser alegre. Nada más volver la cabeza hacia el parque olvidaban su fugaz pensamiento y dándole la espalda a la figura de piedra proseguían despreocupados su camino.
Perfilando las últimas brisas de primavera el anciano que se sentaba habitualmente en el banco más vistoso del parque colocó su bastón junto a su asiento y recogió del suelo una pequeña rama de abedul caída de un árbol cercano que había ido a parar a sus pies. Todo el parque permanecía en silencio, más aún cuando los pájaros se escandalizaban por cualquier motivo y piaban más fuerte de lo normal, el ruido de los motores de los coches se oía de lejos, allá, en una carretera cercana que bordeaba ambos lados de la acera donde estaba situado el parque que yo observaba a través del cristal de mi ventana todos días.
Sucedió que un día, al ver llegar al anciano noté algo extraño en sus facciones, resplandecía excepcionalmente, pequeñas gotas de agua cristalizadas brillaban en sus mejillas que aquel día percibía pronunciadamente pálidas...
Todos contemplaban aquella estatua de piedra apoyada sobre el banco durante unos segundos y se preguntaban quién había tenido la insolencia de colocar una estatua tan triste en un lugar destinado a ser alegre. Nada más volver la cabeza hacia el parque olvidaban su fugaz pensamiento y dándole la espalda a la figura de piedra proseguían despreocupados su camino.
Perfilando los últimos rayos de verano el niño que se sentaba habitualmente en el banco más vistoso del parque colocó su balón sobre sus piernas y comenzó a juguetear con una pequeña rama de abedul caída de un árbol cercano...
Fin.
By Susana.
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